Creo que mi camino espiritual comenzó cuando era muy pequeña.
Siempre fui una niña de preguntas. Quería saber de dónde veníamos, qué ocurría cuando moríamos, adónde íbamos después. Muchas de esas conversaciones las tenía con mi abuela. También crecí con una fe muy presente en Dios, Jesús y la Virgen, una fe que continúa formando parte de mí hasta hoy.
Había, además, una sensibilidad que entonces no sabía comprender. Podía entrar en un lugar y sentir físicamente su ambiente. A veces me faltaba el aire cuando había habido una discusión o cuando percibía un espacio especialmente cargado. No sabía qué significaba. Simplemente me sucedía.
Cuando tenía alrededor de 15 años falleció mi abuela. Poco después la vi en dos ocasiones. Aquello fue uno de los primeros momentos en los que comprendí que quizá mi manera de percibir iba un poco más allá de lo que hasta entonces conocía.
A partir de ahí comenzó una búsqueda que nunca terminó. Leía sobre espiritualidad, ángeles, psicología, desarrollo personal y conciencia. Desde aproximadamente los 16 años apareció también la escritura de una manera muy espontánea: poesías, frases y textos llegaban prácticamente completos, sin que yo los hubiera pensado previamente.
Entre los 17 y los 18 años viví mi primera experiencia consciente fuera del cuerpo y empecé a prestar mucha más atención a mis sueños. Con el tiempo entendí que el mundo onírico era uno de los lenguajes a través de los cuales mi sensibilidad se expresaba. Algunos sueños eran simplemente sueños; otros tenían una lucidez, una intensidad o una claridad diferente. Aparecían números, símbolos, lugares, personas o mensajes que muchas veces solo comprendía tiempo después.
Mi vida me llevó de Argentina a Italia. Allí atravesé años personales muy intensos y mis percepciones se hicieron cada vez más evidentes. Durante mucho tiempo intenté ignorarlo, hasta que comprendí que ignorar esa parte de mí no hacía que desapareciera.
Empecé entonces un trabajo mucho más consciente: observar, escribir, meditar, registrar aquello que percibía y, sobre todo, aprender a discernir. Siempre digo que era como tener un diamante sin pulir. El diamante estaba. Pero pulirlo llevó años.
En mi último tiempo en Italia, durante 2016, y en mis primeros tiempos en España, los sueños y las experiencias en estados de conciencia se hicieron más definidos. En ese periodo viví encuentros que para mí tuvieron un significado especial y que identifiqué con figuras espirituales como Yemayá, Fátima, Sanat Kumara o Serapis Bey. No necesito contar cada experiencia. Lo importante fue lo que me enseñaron: escuchar sin forzar, investigar lo que no comprendía y no dar por cierta cualquier percepción solo porque fuera intensa.
Ese discernimiento terminó siendo una parte esencial de mi camino.
Y fue también durante aquellos años cuando una mañana, todavía viviendo en Italia, me desperté con una certeza muy concreta: tenía que crear una página llamada Mariana · Terapias Energéticas. La hice casi impulsivamente. Cuando terminé pensé: «¿Y ahora qué hago con esto?»
No tenía una estrategia ni un proyecto armado. Tenía la sensación de que debía confiar y permitir que el camino se fuera mostrando. Y así ocurrió. Llegaron los primeros talleres, las primeras personas y finalmente las primeras sesiones.
También llegaron distintas herramientas y formaciones. Una de ellas fueron los Registros Akáshicos, que descubrí después de despertarme un día con esas palabras en la cabeza sin saber siquiera qué significaban. Muy pronto comprendí algo que continúa definiendo mi trabajo: mi manera de acompañar nunca iba a caber por completo dentro de una única técnica.
Durante los años siguientes continuaron apareciendo símbolos, códigos y frecuencias. En el periodo del COVID atravesé una etapa especialmente intensa de canalización y trabajo con esas frecuencias, de la que nació lo que llamé Reiki de Andrómeda.
Hoy ya no intento poner todo lo que hago dentro de una sola etiqueta. Trabajo con mediumnidad, canalización, energía, frecuencias, símbolos, códigos de luz y aquello que va apareciendo en cada encuentro. Cada persona es distinta y cada proceso necesita algo diferente.
Mi lugar no es decidir por nadie. Me gusta imaginar mi trabajo como un faro. El faro no determina el destino del barco. No conduce por él. Permanece encendido cuando alrededor hay niebla y permite ver un poco más claramente. Después, cada persona elige su rumbo.
Con los años entendí también que podía acompañar de otras maneras. Los números siempre estuvieron muy presentes en mi vida. De esa relación con los números, de la numerología y de mi trabajo con los procesos nació Siembra Cuántica®. Los manuales son una manera de extender ese acompañamiento en el tiempo: una sesión sucede en un momento; un manual puede caminar junto a una persona durante todo un año.
Y junto a todo esto siempre estuvo la naturaleza: las hierbas, las plantas, el agua y los aromas. Hay una familiaridad con ese mundo que siento muy antigua y que forma parte de mi manera de entender y trabajar con la energía.
Hoy puedo mirar hacia atrás y ver que todo estaba conectado, aunque durante muchos años yo no pudiera verlo: mi fe, mi abuela, la escritura, los sueños, los números, la mediumnidad, la naturaleza, las etapas luminosas y también aquellas que me obligaron a encontrar luz dentro de mí.
Si tuviera que explicar mi misión con una sola imagen, seguiría eligiendo la del faro: mantener encendida mi luz para que, cuando alguien necesite recordar la suya, pueda verla un poco más cerca.